Despenalizar, propuesta audaz

Tremenda polvareda levanta el Presidente al proponer el debate.

Helmer Velásquez

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En principio– entre los países involucrados en la producción, tráfico y consumo de aquellas drogas que consideradas ilícitas por las sociedades, son parte del catálogo de sustancias delictivas, con el propósito de acordar su despenalización.

Penalización que deviene de una medida de Estado asumida, en determinadas condiciones históricas. Siendo este el caso, es al mismo Estado, al que corresponde levantar la prescripción, si de su consideración se determina que han variado las condiciones que originaron la misma. Hasta aquí, la propuesta de Pérez Molina, es lícita y está encuadrada en procedimiento de legalidad. El debate entonces está centrado en la pertinencia de la propuesta y el impacto político, social y diplomático que provoca.

Desde esta perspectiva y sin eludir el reconocimiento, de las inconmensurables ganancias y la cauda violenta, que genera el ilícito vinculado a las drogas y actividades conexas, sino que más bien consciente del nocivo impacto social de estas actividades. No podemos menos que manifestarnos en favor de la propuesta Presidencial. Y es que al margen de opiniones de políticos y representantes sociales, con moral de plañidera, la propuesta de Pérez Molina, puede interpretarse como una muestra de autonomía, que efectivamente se desmarca del estilo de gestión de los dos últimos gobernantes. En absoluto sumisos a poderes fácticos. En efecto la propuesta implica un riesgo político alto, no cabe la menor duda, más aún si tomamos en cuenta el carácter conservador de nuestra sociedad. Sin embargo, los estrategas gubernamentales, habrán medido en forma milimétrica el impacto y efecto, y de seguro habrán sopesado que la “guerra” contra las drogas y su alta constelación de sangre, tiene hastiada a la población, –en especial las capas media y pobre–, lo que motivará qué más allá de consideraciones morales, esta, acudirá a su pragmatismo interior, de donde deviene lógico intentar una solución profunda al problema, es más razonable que la lamentación.

Estando de acuerdo con el Presidente en su propuesta, sobre la cual –de seguro– habrá que hilvanar fino, me parece que el saldo político en el país e incluso en el ámbito latinoamericano le será alto positivo. A nivel interno dota al mandatario de una aureola de liderazgo que por años ha estado esperando esta sociedad, espacio que intentó llenar Alfonso Portillo y malograda en Sandra Torres. Internacionalmente, como país, nos devuelve iniciativa política.

 

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