Tierra, trabajo y producción agroecológica.

Helmer Velásquez

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 Al arribo del siglo XXI, la sociedad nacional no termina de asombrarse con el lacerante “descubrimiento” de que más de la mitad de los niños guatemaltecos estén padeciendo desnutrición crónica, índice que en el caso de pueblos indígenas llega hasta el 80 por ciento. Lo pasmoso de la cuestión es que se trata de un problema conocido muchas lunas atrás y frente al cual el Estado y la sociedad han vuelto la espalda. En los círculos “pudientes” de nuestra sociedad, no se va más allá de comentar sobre el asunto y encomendar a Dios el alma de los pequeños. Los más avanzados, han adelantado campañas para combatir el flagelo.

 Más recientemente, las compungidas donaciones en alimentos para la población de Camotán en Chiquimula cuando hace una década “se conoció” la precaria condición en que por centurias han permanecido los Chortí y ladinos pobres, de aquellos solares. Más recientemente la campaña: “Tengo algo que dar” que emprendió la Secretaría de Seguridad Alimentaria llevó a funcionarios y guatemaltecos de “buena voluntad” a los campos para tomar conciencia de la situación. Nadie de los promotores o voluntarios en estas campañas parece reparar en las causas de la terrible situación. Todos reconocen –del diente al labio– que nuestros alimentos provienen del azadón y el surco campesino, aquellos que en el extremo de la paradoja no tienen nada para comer en su mesa. Sobre Camotán –por ejemplo– no se mencionó siquiera, el abandono histórico de esta población, menos aún la sobre explotación de que hasta hoy son objeto, ni de las “agarradas” que de sus mejores tierras hicieron los potentados del lugar apoyados en el Ejercito nacional, que acusó a aquellas empobrecidas familias de comunistas y otras patrañas, tan solo para facilitar el acaparamiento de sus tierras por abyectos esbirros de la dictadura militar. A 10 años del “descubrimiento de la tragedia”, Camotán sigue famélico y sin acceso a la comida. 

Guatemala se mantuvo en el podio de la reunión del Consejo Mundial de Seguridad Alimentaria –Roma, tercera semana de octubre– esto por dos razones: Ser país con hambre crónica y el “prometedor” modelo, Hambre Cero. El comentario de corrillos estuvo dedicado a esperar que no estemos frente a otra balandronada demagógica. Para que sea efectivo hay que incorporarle lo básico: tierra, trabajo y producción agroecológica.

 

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