No se trata -ahora- de una política de Estado.

Helmer Velásquez

Tradicionalmente el Estado guatemalteco se ha preciado de no tener en sus ergástulos prisioneros devenidos de hechos políticos o comunes conexos. Así durante los 36 años de conflicto armado, –este estatus jurídico fue excepcional–, la categoría simplemente nunca se reconoció, la estrategia de la dictadura militar se basó en “desaparecer o asesinar de manera abierta” a los “enemigos” del régimen, definición que operaba para designar a opositores políticos, alzados –o no– en armas. Llegada la democracia formal, se mantuvo la práctica del secuestro y el asesinato político, en realidad llega hasta nuestros días, en menor magnitud y bajo otras modalidades. Ya sea ejecutada por fuerzas irregulares o “guardias” privados dependientes de intereses políticos, empresariales, o mafiosos. Bajo argumentos, de “defensa” de la propiedad privada o libertad de inversión. No se trata –ahora– de una política de Estado, sin embargo, este es responsable por no detenerla

La cuestión ha variado; es obvio, pero aún, estamos lejos de que Guatemala sea un Estado democrático “vivible”; sin sobresaltos, para la dirigencia, social y popular. Pues bien, en este entorno círculos de administradores del Estado y grupos empresariales radicales, han emprendido una verdadera cruzada en contra de la dirigencia indígena y campesina, urdiendo con el apoyo de sectores reaccionarios del gremio de los abogados, la construcción de casos penales, en contra de aquellos. De esa. Así encontramos los casos de: Ramiro Choc, agrarista y primer preso político del siglo XXI, campesinos q’eqchi’ miembros de la Unión Verapacense de Organizaciones Campesinas (UVOC), encarcelados por reivindicar derechos históricos sobre sus tierras, en Alta y Baja Verapaz, los pobladores kaqchikeles, de San Juan Sacatepéquez y los capturados en mayo corriente: pobladores q’anjob’ales del municipio de Barillas, en Huehuetenango. 

Para el “sistema de justicia” se trata de delincuentes comunes, obvian sin embargo, que por la naturaleza de la acusación y el origen de los delitos señalados, estamos frente a delitos políticos y en su caso comunes conexos. Terrorismo y sedición son delitos claramente políticos. Siendo esta la naturaleza delictiva argumentada por el Estado, es hora de que instancias internacionales, particularmente el Comité Internacional de la Cruz Roja intervengan en el asunto. 

 

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