Refiero lo anterior, tomando como parámetro el escaso apoyo social que han concitado las más importantes propuestas gubernamentales. Excepción hecha de la referida a la despenalización de las drogas. Los casos más ejemplares de esta marcha en solitario se expresan,  en las reformas a la carrera magisterial, que si bien no parten del periodo, sí correspondió a este gobierno darle salida social. Lo cual hizo de la manera impropia y sin tino político. No obstante, lo estrepitoso está por llegar: un conjunto de reformas constitucionales en donde variados sectores, organizaciones e instituciones, coinciden en que la propuesta no es suficiente ni significativa para modernizar el Estado, mucho menos para refundarlo desde sus bases. La idea de “consultar” sectorialmente y no hacer caso al resultado de las consultas en definitiva no funciono y ahora la pretendida reforma carece de apoyo social, y consecuentemente de la legitimidad que esto otorga a los actos de Gobierno.

Parte del problema de este aislamiento gubernamental está en el intento de la elite burocrática de gobernar con ‘manu militari’, es decir, yo decido y ustedes obedecen, estilo de Gobierno que ya no es tolerado socialmente. A lo anterior habrá que sumar la idea de suscribir compromisos y no cumplir, tal cual, lo acontecido con el movimiento campesino luego de la marcha de marzo. A la fecha no se cumple con lo pactado y se pretende diluir los acuerdos en la trama burocrática. Este temprano retraimiento gubernamental es aún posible revertirlo y gobernar a partir de acuerdos sociales. Sabido es que las elecciones otorgan legalidad; sin embargo, no necesariamente traen aparejada la legitimidad. Lo que legitima la acción gubernamental es el diálogo, la concertación y la atención a los intereses sociales. Los anunciados pactos de Gobierno hasta ahora son discurso. Aún es tiempo de corregir.

 

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