Rostro del cambio

Para los vecinos hay disponibles empleos de peón o seguridad.

Helmer Velásquez

  

Los territorios de los pueblos Q’anjob’al, Chuj y Akateco han sido invadidos durante la década anterior por una larga lista de empresas generalmente de capital extranjero, cuyas avanzadas de “ingenieros medidores”, sin permiso de los abuelos, ni de las autoridades indígenas se han dedicado a hacer mediciones y estudios técnicos, cuya base fundamental es determinar el nivel de ganancia que las empresas podrían obtener de prosperar la extracción de los recursos naturales de la zona. Las cuestiones de impacto ambiental y social no son parte de los indicadores de éxito. Evaluar la posibilidad de brindar servicios a los habitantes del lugar ni siquiera está considerado en la bitácora. Para ellos habrá empleo de peón, o seguridad. Lo cual ya se considera suficiente. Por separado, hordas de “agentes inmobiliarios” negocian la compra a buen precio de terrenos con comunitarios.

Hacen saber –las empresas– a las autoridades del municipio que cuentan con licencias otorgadas por el Gobierno. Ya para explorar y posteriormente extraer minerales, ya para apropiarse del caudal del río y establecer hidroeléctricas. Los pobladores una vez repuestos del escarnio y de entender que las cercas que ahora delimitan su territorio significan en términos prácticos perder sus ríos y montañas, es decir: la vida misma; en conciliábulos internos, deciden enfrentar el asunto desde una perspectiva democrática. Convocan a consulta popular, para que por mayoría se decidiera, sobre la instalación de empresas mineras o hidroeléctricas en los territorios que legítimamente les pertenecen. La respuesta ha sido rotunda. No. 

Los concesionarios por su parte, siguieron avanzando en sus gestiones y una de ellas ha sido lograr la instalación de destacamentos militares, en los municipios del norte de Huehuetenango, para “brindar seguridad a la inversión”, el subterfugio: combate al narcotráfico. Esta vez el Presidente de la República no tiene razón: los pobladores de Barillas no son revoltosos, ni criminales. Son víctimas de invasores: empresas y Ejército. 

Presidente, la represión conduce a la opresión y esta a la resistencia. Desalentador resultó escucharle y que no expresara pesar alguno por la muerte, del campesino del lugar. Su discurso, argumentando infiltración extranjera a través de financiamiento, no es más que el viejo lenguaje de la guerra. 

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